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"Violencia y Movimiento Sociales"
Cuando años atrás Augusto Pinochet calificó a
su régimen como una "dictablanda" dio un sentido positivo
al uso de la fuerza, pues esta se presentó como una herramienta
que no transgredía o no violentaba los derechos elementales de
todos los seres humanos, sino que sólo era represora contra aquellos
mecanismos, instituciones o personas que pudieran desestabilizar el
ejemplar sistema impuesto.
Recordemos que el discurso oficial fue bastante claro: los militares
nos salvaron del caos y de la muerte de nuestro país.
Así la represión se expresó, más concretamente
que nunca en la historia de Chile, como un medio que buscó el
bien de la nación y de sus habitantes.
Encontramos entonces que la violencia, entendida como la acción
que va contra el natural modo de proceder, aparece paradojalmente institucionalizada
y luego naturalizada en los ámbitos políticos, sociales,
culturales, económicos y jurídicos.
Pero esta utilización de la violencia para "buenos objetivos"
siempre estuvo presente en las diversas historias de todos los países
del mundo. Y es que la máxima de que el fin justifica los medios
se hizo parte muchos siglos atrás de distintas culturas, llegando
a las conciencias de todas las estructuras sociales.
Al respecto nace por sí sola la siguiente pregunta: ¿La
violencia puede ser, dependiendo del contexto, positiva o negativa o
siempre el uso de la violencia es nefasto?
Si entendemos la violencia como la conducta dirigida contra algo o alguien
que amenaza determinados objetivos, podemos deducir que todas las sociedades,
en algunos estadios de sus historias, han sido violentas ya que siempre
ha existido un determinado régimen que no cuenta con el beneplácito
de todos.
Quienes no comparten los modelos de sociedad impuestos pueden aparecer,
entonces, como seres distintos a los cuales debe anularse a través
de diversas vías como puede ser la invisibilidad, la negación
de la participación o, en casos extremos, la tortura.
Vistas así las cosas, apreciamos que la violencia puede ser menos
o más expresa, sin embargo, lo claro, es que jamás es
menos grave.
Nuestro país siempre ha seguido las líneas de la máxima
que legitima "la razón o la fuerza" para conseguir
un determinado fin.
Actualmente el fin más evidente es el "desarrollo",
concepto defendido de izquierda a derecha.
El desarrollo persigue que todos los seres humanos de una determinada
nación accedan a los frutos que la modernidad brinda. Así
se pretende que nadie quede fuera de las cosechas oficiales y, por tanto,
una meta primordial, es que los marginales dejen de ser tales.
En dictadura, lo marginal fue acabado mediante la represión,
la tortura, la muerte o simplemente fue dejado en abandono, como el
fue el caso de muchos sectores de escasos recursos.
Ahora, en esta democracia que vivimos, los excluidos no son asesinados
ni torturados, como tampoco son abandonados tan descaradamente, pues
al menos en los discursos el concepto de igualdades y derechos no es
puesto en duda.
Lo cierto, sin embargo, es que ni en dictadura ni en democracia ha existido
un cuestionamiento respecto a los diferentes tipos de desarrollo a los
cuales pueden aspirar las distintas sociedades de una nación.
Desde mi punto de vista, la violencia aún persiste porque poseemos
un modelo de desarrollo impuesto al cual todos deben aspirar ya que
este es el "bien máximo", al igual que lo fue el "ilógico
orden" perseguido por la dictadura.
Pero, ¿qué desarrollo es el oficial ?.
En lo económico tenemos, por ejemplo, una política de
liberación de los mercados. Dicha política, como bien
lo ha indicado el gobierno, es uno de los principales mecanismo que
permitirá el desarrollo y por tanto todo, incluyendo a nuestro
medio ambiente, debe supeditarse a estas ideas.
En lo político predomina el consenso, pues es la gran herramienta
que permite que el desarrollo no pierda su curso.
En lo cultural, se impone una visión de mundo conservadora que
ve a todo lo diferente como enfermo, pervertido, anómalo o nefasto.
Es bajo tales normas donde todos deben estar. De no ser así,
se es visto como un extraño, como un peligro.
En otras palabras, nuestra democracia supone que los marginados dejan
de ser tales cuando comparten la felicidad que el sistema brinda. Esta
realidad, que es ya parte de la cultura, atraviesa a todos los sectores
sociales. De ahí que muchos indígenas aspiren a la modernidad
chilena, de ahí que muchas mujeres defiendan al machismo y de
ahí que exista la impunidad, pues de no ser así los consensos
y las negociaciones (es decir el desarrollo) se desestabilizan.
El daño hecho es enorme, ya que algunos excluidos se apartan
de su desarrollo natural y aspiran al oficial haciendo suya una autoviolencia.
Y es que si todos dicen, incluso la educación que recibo desde
niño, que mi condición de indígena, por ejemplo,
atenta contra la "naturaleza del desarrollo". Entonces ¿cómo
me libero de algo conceptualizado como antinatura?.
Pinochet se equivocó cuando dijo que su régimen era una
dictablanda, pero no se equivocaría si aplicara ese concepto
a los gobiernos que le siguieron.
Lo más lamentable es que los sectores más politizados,
como los partidos, siguen asociando la violencia a lo manifiesto y sólo
contra ello luchan.
Violencia en los estadios, violencia intrafamiliar es lo único
que se reconoce como negativo. En cambio la fuerza y la represión
ejercida de manera cultural, y a veces inconsciente, no se cuestiona
o critica.
La derecha ha jugado un rol esencial en la discusión sobre que
debe hacerse para evitar, por ejemplo los delitos "tan violentos
que ocurren día a día", sin embargo jamás
se ha debatido respecto del papel que jugó en dictadura, y que
sigue jugando, como emisor de una violencia cultural
Podría pensarse que la izquierda es diferente, pues sus propuestas
políticas, económicas, culturales y sociales se diferencian
del modelo impuesto. Empero la realidad es otra, porque también
gran parte de la izquierda tiene un sistema de desarrollo dirigido.
También se podría pensar que el movimiento de los derechos
humanos si tiene conocimiento de los diferentes métodos de represión.
Sin embargo, no es así , pues generalmente se han quedado enfrascados
en calificar de "violación a los derechos humanos"
sólo a los atropellos cometidos en la dictadura.
Ahora bien, pareciera que un método fundamental para reconocer
y respetar otros tipos de desarrollo es romper con los consensos existentes.
Empero, ¿la ruptura de dichos consensos no pasa también
por la violencia ?.
La respuesta será sí o no dependiendo de la forma en la
cual se ejecute esta tarea.
Hemos vistos que la critica hacia los consensos es un discurso proveniente
de los sectores calificados como más progresistas del país.
Dichos grupos, han pretendido desestructurar o desligitimar las actuales
políticas gubernamentales de una forma incendiaria que pocas
veces reconoce los logros alcanzados en esta dictablanda.
De igual forma, algunos "progresistas", no han entendido que
efectivamente el sistema impuesto en algunos casos, si puede ser el
desarrollo natural de quienes lo auspician y por tanto, se lucha equivocadamente
contra la eliminación casi total de dicha modernidad, aunque
en la intimidad se reconozca que no todo es tan malo.
Se aprecia, entonces, que las estrategias utilizadas son hipócritas
y desleales, y más grave aún, desconocen que para muchos
el modelo instaurado produce seguridad y mejor calidad de vida.
Es aquí donde creo que la ruptura del consenso es otro tipo de
violencia.
Un caso contrario pasaría por algo tan básico como reconocer
que no todos los grupos son iguales y que, por tanto, las aspiraciones
de alcanzar una mejor calidad de vida son distintas. Ahora, si los anhelos
son diferentes deberíamos reconocer que ninguna sociedad es homogénea
a pesar de que algunos aspiren a una igualdad irracional que no respeta
las diferencias.
Sin embargo, no todos pueden obtener todo lo que deseen. Eso es utópico.
Por ello creo que siempre debe existir cierto consenso respecto al tipo
de macrosociedad que pretende construirse.
El problema actual es que el consenso es una práctica que se
aplica más allá de lo que un sistema honesto y respetuoso
puede aceptar. Es decir, existen negociaciones basadas en la arbitrariedad,
pues se actúan contantemente en beneficios de pocos y no de la
mayoría.
Cuando se acuerde de manera efectivamente democrática el tipo
de sociedad que pretende construirse, la ruptura del consenso no será
violenta, pues si bien no todos podrán quedar cien por ciento
satisfechos, si se sentirán efectivamente partícipes del
gobierno que los dirige.
En suma, es imperioso entender, de una vez, que mientras no se reconozca
al diferente de lo oficial como un ente con desarrollo natural propio
que se debe potenciar y no obligar a ser partícipe del desarrollo
impuesto, la violencia siempre estará presente en la sociedad,
tal vez más escondida que en dictadura, pero nunca menos grave
que entonces.
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