Ampliar Foto Conferencia organizada por el Movilh y el movimiento ecologista en el Palacio Ariztia, Santiago, miércoles 31 de marzo, 1998
 

"Violencia y Movimiento Sociales"

Cuando años atrás Augusto Pinochet calificó a su régimen como una "dictablanda" dio un sentido positivo al uso de la fuerza, pues esta se presentó como una herramienta que no transgredía o no violentaba los derechos elementales de todos los seres humanos, sino que sólo era represora contra aquellos mecanismos, instituciones o personas que pudieran desestabilizar el ejemplar sistema impuesto.

Recordemos que el discurso oficial fue bastante claro: los militares nos salvaron del caos y de la muerte de nuestro país.

Así la represión se expresó, más concretamente que nunca en la historia de Chile, como un medio que buscó el bien de la nación y de sus habitantes.

Encontramos entonces que la violencia, entendida como la acción que va contra el natural modo de proceder, aparece paradojalmente institucionalizada y luego naturalizada en los ámbitos políticos, sociales, culturales, económicos y jurídicos.

Pero esta utilización de la violencia para "buenos objetivos" siempre estuvo presente en las diversas historias de todos los países del mundo. Y es que la máxima de que el fin justifica los medios se hizo parte muchos siglos atrás de distintas culturas, llegando a las conciencias de todas las estructuras sociales.

Al respecto nace por sí sola la siguiente pregunta: ¿La violencia puede ser, dependiendo del contexto, positiva o negativa o siempre el uso de la violencia es nefasto?

Si entendemos la violencia como la conducta dirigida contra algo o alguien que amenaza determinados objetivos, podemos deducir que todas las sociedades, en algunos estadios de sus historias, han sido violentas ya que siempre ha existido un determinado régimen que no cuenta con el beneplácito de todos.

Quienes no comparten los modelos de sociedad impuestos pueden aparecer, entonces, como seres distintos a los cuales debe anularse a través de diversas vías como puede ser la invisibilidad, la negación de la participación o, en casos extremos, la tortura.

Vistas así las cosas, apreciamos que la violencia puede ser menos o más expresa, sin embargo, lo claro, es que jamás es menos grave.

Nuestro país siempre ha seguido las líneas de la máxima que legitima "la razón o la fuerza" para conseguir un determinado fin.
Actualmente el fin más evidente es el "desarrollo", concepto defendido de izquierda a derecha.

El desarrollo persigue que todos los seres humanos de una determinada nación accedan a los frutos que la modernidad brinda. Así se pretende que nadie quede fuera de las cosechas oficiales y, por tanto, una meta primordial, es que los marginales dejen de ser tales.

En dictadura, lo marginal fue acabado mediante la represión, la tortura, la muerte o simplemente fue dejado en abandono, como el fue el caso de muchos sectores de escasos recursos.

Ahora, en esta democracia que vivimos, los excluidos no son asesinados ni torturados, como tampoco son abandonados tan descaradamente, pues al menos en los discursos el concepto de igualdades y derechos no es puesto en duda.

Lo cierto, sin embargo, es que ni en dictadura ni en democracia ha existido un cuestionamiento respecto a los diferentes tipos de desarrollo a los cuales pueden aspirar las distintas sociedades de una nación.

Desde mi punto de vista, la violencia aún persiste porque poseemos un modelo de desarrollo impuesto al cual todos deben aspirar ya que este es el "bien máximo", al igual que lo fue el "ilógico orden" perseguido por la dictadura.
Pero, ¿qué desarrollo es el oficial ?.

En lo económico tenemos, por ejemplo, una política de liberación de los mercados. Dicha política, como bien lo ha indicado el gobierno, es uno de los principales mecanismo que permitirá el desarrollo y por tanto todo, incluyendo a nuestro medio ambiente, debe supeditarse a estas ideas.

En lo político predomina el consenso, pues es la gran herramienta que permite que el desarrollo no pierda su curso.

En lo cultural, se impone una visión de mundo conservadora que ve a todo lo diferente como enfermo, pervertido, anómalo o nefasto.

Es bajo tales normas donde todos deben estar. De no ser así, se es visto como un extraño, como un peligro.

En otras palabras, nuestra democracia supone que los marginados dejan de ser tales cuando comparten la felicidad que el sistema brinda. Esta realidad, que es ya parte de la cultura, atraviesa a todos los sectores sociales. De ahí que muchos indígenas aspiren a la modernidad chilena, de ahí que muchas mujeres defiendan al machismo y de ahí que exista la impunidad, pues de no ser así los consensos y las negociaciones (es decir el desarrollo) se desestabilizan.

El daño hecho es enorme, ya que algunos excluidos se apartan de su desarrollo natural y aspiran al oficial haciendo suya una autoviolencia. Y es que si todos dicen, incluso la educación que recibo desde niño, que mi condición de indígena, por ejemplo, atenta contra la "naturaleza del desarrollo". Entonces ¿cómo me libero de algo conceptualizado como antinatura?.

Pinochet se equivocó cuando dijo que su régimen era una dictablanda, pero no se equivocaría si aplicara ese concepto a los gobiernos que le siguieron.

Lo más lamentable es que los sectores más politizados, como los partidos, siguen asociando la violencia a lo manifiesto y sólo contra ello luchan.

Violencia en los estadios, violencia intrafamiliar es lo único que se reconoce como negativo. En cambio la fuerza y la represión ejercida de manera cultural, y a veces inconsciente, no se cuestiona o critica.

La derecha ha jugado un rol esencial en la discusión sobre que debe hacerse para evitar, por ejemplo los delitos "tan violentos que ocurren día a día", sin embargo jamás se ha debatido respecto del papel que jugó en dictadura, y que sigue jugando, como emisor de una violencia cultural

Podría pensarse que la izquierda es diferente, pues sus propuestas políticas, económicas, culturales y sociales se diferencian del modelo impuesto. Empero la realidad es otra, porque también gran parte de la izquierda tiene un sistema de desarrollo dirigido.

También se podría pensar que el movimiento de los derechos humanos si tiene conocimiento de los diferentes métodos de represión. Sin embargo, no es así , pues generalmente se han quedado enfrascados en calificar de "violación a los derechos humanos" sólo a los atropellos cometidos en la dictadura.

Ahora bien, pareciera que un método fundamental para reconocer y respetar otros tipos de desarrollo es romper con los consensos existentes. Empero, ¿la ruptura de dichos consensos no pasa también por la violencia ?.

La respuesta será sí o no dependiendo de la forma en la cual se ejecute esta tarea.
Hemos vistos que la critica hacia los consensos es un discurso proveniente de los sectores calificados como más progresistas del país. Dichos grupos, han pretendido desestructurar o desligitimar las actuales políticas gubernamentales de una forma incendiaria que pocas veces reconoce los logros alcanzados en esta dictablanda.

De igual forma, algunos "progresistas", no han entendido que efectivamente el sistema impuesto en algunos casos, si puede ser el desarrollo natural de quienes lo auspician y por tanto, se lucha equivocadamente contra la eliminación casi total de dicha modernidad, aunque en la intimidad se reconozca que no todo es tan malo.

Se aprecia, entonces, que las estrategias utilizadas son hipócritas y desleales, y más grave aún, desconocen que para muchos el modelo instaurado produce seguridad y mejor calidad de vida.

Es aquí donde creo que la ruptura del consenso es otro tipo de violencia.
Un caso contrario pasaría por algo tan básico como reconocer que no todos los grupos son iguales y que, por tanto, las aspiraciones de alcanzar una mejor calidad de vida son distintas. Ahora, si los anhelos son diferentes deberíamos reconocer que ninguna sociedad es homogénea a pesar de que algunos aspiren a una igualdad irracional que no respeta las diferencias.

Sin embargo, no todos pueden obtener todo lo que deseen. Eso es utópico. Por ello creo que siempre debe existir cierto consenso respecto al tipo de macrosociedad que pretende construirse.

El problema actual es que el consenso es una práctica que se aplica más allá de lo que un sistema honesto y respetuoso puede aceptar. Es decir, existen negociaciones basadas en la arbitrariedad, pues se actúan contantemente en beneficios de pocos y no de la mayoría.

Cuando se acuerde de manera efectivamente democrática el tipo de sociedad que pretende construirse, la ruptura del consenso no será violenta, pues si bien no todos podrán quedar cien por ciento satisfechos, si se sentirán efectivamente partícipes del gobierno que los dirige.

En suma, es imperioso entender, de una vez, que mientras no se reconozca al diferente de lo oficial como un ente con desarrollo natural propio que se debe potenciar y no obligar a ser partícipe del desarrollo impuesto, la violencia siempre estará presente en la sociedad, tal vez más escondida que en dictadura, pero nunca menos grave que entonces.